A 10.000 kilómetros de casa, pero a un latido de España

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Hay noches que no entienden de fronteras. Ni de husos horarios. Ni siquiera de kilómetros.

Esta noche, mientras España se paraliza frente al televisor, yo estaré en Kioto, a más de 10.000 kilómetros de casa, con el despertador sonando a las cuatro de la madrugada. Al otro lado de la ventana estará la calma de Kioto; dentro, el mismo nudo en el estómago que tendrán millones de españoles.

Porque hay cosas que no se miden en kilómetros.

Recuerdo perfectamente aquel 11 de julio de 2010. El país entero conteniendo la respiración. Casillas, Puyol, Xavi, Villa, Sergio Ramos, Busquets… y, por supuesto, Andrés Iniesta. Aquella generación nos enseñó que un balón podía unir a un país de norte a sur. Que durante 120 minutos desaparecían las diferencias y solo existía una palabra: España.

Dieciséis años después, la historia vuelve a llamar a nuestra puerta.

España disputa esta noche la segunda final de un Mundial de su historia. Delante estará Argentina, campeona vigente, con todo el peso de su escudo y de su leyenda. Pero este grupo de jugadores ha demostrado que no entiende de imposibles. Tiene la insolencia de la juventud y la serenidad de quien sabe que está escribiendo algo que será contado dentro de muchos años.

Luis Aragonés, el hombre que cambió para siempre la mentalidad de nuestro fútbol, dejó una frase que hoy vuelve a tener más sentido que nunca: “Del subcampeón no se acuerda nadie. Hemos venido a ser campeones”.

Quizá esta noche, en algún lugar, Luis esté sonriendo.

Pienso en todos los que celebraron aquel gol de Iniesta en Johannesburgo. En los que ya no están. En los niños que entonces dormían y hoy tienen edad para entender lo que significa una final. Pienso en mis hijos, que crecerán sabiendo que hubo un verano en el que sus padres se levantaron de madrugada en Japón para ver a España intentar ser eterna.

Porque eso es el deporte. La capacidad de detener el tiempo.

Da igual si estás en Cádiz, en Madrid, en Nueva York o en una habitación de hotel en Kioto. Da igual que aquí amanezca mientras en España todavía sea de noche. Cuando suene el himno, estaremos todos en el mismo lugar.

Hay más de diez mil kilómetros entre Kioto y España, pero esta noche caben en noventa minutos. O en ciento veinte, si el destino quiere hacernos sufrir un poco más.

Y si el fútbol decide que no es nuestro momento, estos jugadores seguirán siendo un orgullo. Pero si levantan la Copa del Mundo, entonces dejarán de ser una generación extraordinaria para convertirse en algo mucho más grande.

Se convertirán en eternos.

Es el momento. El momento de esta generación. El momento de volver a abrazarnos frente a una pantalla, de volver a creer que un balón puede hacer feliz a un país entero. El momento de que once jugadores escriban su nombre junto al de Casillas, Xavi, Puyol, Villa e Iniesta.

Que ruede el balón.

Y que, cuando amanezca en Kioto y siga siendo de noche en España, podamos decir, una vez más, que fuimos testigos de la historia.

Vamos, España.

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