Andalucía, la casa donde siempre vuelve la luz

Hay un momento del año en el que Andalucía no se explica: se siente. Llega el 28 de febrero y algo se enciende por dentro, como si la luz —esa luz nuestra que cae blanca sobre las fachadas— pronunciara nuestro nombre en voz baja.

Ser andaluz es abrir la ventana y que te saluden los geranios. Es el rojo encendido sobre la cal, el verde que asoma en los patios, el rumor de una persiana a media tarde. Es el olor a puchero que sube por la escalera y te devuelve a la infancia sin pedir permiso. Es el cucharón golpeando el borde de la olla, el pan recién cortado, el aceite que huele a campo, y ese primer bocado que sabe a casa. Es el “y tú, ¿de quién eres?” de los pueblos, que no pregunta por apellido sino por raíces y recuerdos.

Andalucía también es la silla en la puerta cuando cae el sol. Las abuelas tomando el fresco, vigilando la calle con ternura antigua, sabias de todo lo que pasa y de lo que está por venir. Es el vecino que se arrima y pregunta, la conversación que no tiene prisa, el saludo que se alarga porque aquí las palabras no pesan: acompañan. Es Andalucía de los atardeceres dorados que tiñen el campo, de los olivos que se mecen con la brisa, del sol que abrasa y acaricia a la vez.

Nuestros pueblos son esa geografía íntima donde el tiempo camina descalzo. Calles estrechas que guardan historias, plazas donde los niños aprenden a ser libres, campanas que marcan las horas con una música que no necesita partitura. Y siempre la luz: en el campo dorado, en la mar que brilla como una promesa, en las azoteas donde se tiende la ropa y la vida.

El 28F no es solo una fecha. Es memoria y futuro. Es orgullo sereno, sin estridencias. Orgullo de una tierra que ha sabido levantarse muchas veces, que ha hecho del talento una bandera y de la alegría una forma de resistencia. Orgullo de un acento que no se disfraza, que canta cuando habla y que dice “miarma” como quien ofrece casa.

Andalucía es familia aunque no compartamos apellido. Es pan con aceite en la mesa, atardeceres que nos regalan silencio y luz, el campo que nos sostiene, el sol que nos acompaña. Es esa certeza de que, estemos donde estemos, siempre habrá una puerta abierta y un plato caliente. Por eso, cuando llega febrero y la bandera verde y blanca asoma en los balcones, no celebramos solo un día: celebramos lo que somos.

Y lo que somos tiene luz. Tiene geranios. Tiene pueblo. Tiene sol. Tiene verdad.

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