Aquellos veranos sin móvil que aún llevamos dentro

Las puertas de los colegios se han cerrado dejando atrás mochilas vacías, abrazos apresurados, notas finales y la felicidad desbordante de miles de niños que comienzan sus vacaciones. Para ellos empieza el verano. El de verdad. El que parece no tener final.

Llega una edad, en la que esa escena ya no provoca la emoción descontrolada que sentía cuando tenía doce. Sin embargo, sigue removiéndome algo por dentro.

Quizás porque cada fin de curso es un recordatorio de que el tiempo avanza en círculos perfectos, aunque nuestras vidas hayan dejado de serlo hace mucho.

Para quienes crecimos entre finales de los años 80 y los 90, el último día de colegio era mucho más que el cierre de un trimestre.

Era la puerta de entrada a un universo distinto. Noventa días de libertad absoluta.

Cuando el aburrimiento era una aventura

Los veranos de los noventa tenían otro ritmo. Otra velocidad. Incluso otro olor.

Olían a asfalto caliente, a crema solar barata y a bocadillos envueltos en papel de aluminio. Sonaban al tintineo de una bicicleta recorriendo las calles del barrio y a las voces de las madres llamando desde las ventanas cuando empezaba a anochecer.

La bicicleta era nuestro pasaporte.

Salíamos después de comer sin un destino concreto y con una única norma: regresar cuando se encendieran las farolas.

No existía Google para resolver cualquier duda en segundos. Tampoco había una pantalla disponible para llenar cada minuto muerto.

Había tardes interminables en las que parecía que el reloj se había detenido.

Y nos aburríamos.

Muchísimo.

Pero aquel aburrimiento, que hoy parece casi una amenaza, era en realidad un regalo.

De él nacían partidos improvisados, juegos inventados sobre la marcha y aventuras que convertían cualquier rincón en un mundo por descubrir.

De las cabinas telefónicas al WhatsApp

Nuestra generación fue probablemente la última que vivió una infancia completamente analógica y una madurez completamente digital.

Memorizábamos números de teléfono porque no había otra opción. Llamábamos a casa de un amigo y cruzábamos los dedos para que respondiera él y no su padre.

Esperábamos horas junto a la radio para grabar nuestra canción favorita sin que el locutor hablara encima.

También aprendimos algo que hoy parece casi revolucionario: el valor de la espera.

Esperábamos una semana para ver el siguiente capítulo de nuestra serie favorita.

Esperábamos varios días para recoger las fotos reveladas del carrete de las vacaciones.

Esperábamos cartas, llamadas y respuestas.

Hoy todo sucede al instante.

El reto de ser el puente entre dos mundos

A veces da vértigo pensar que nuestros hijos quizá nunca conocerán la sensación de perder una tarde entera construyendo algo con cuatro piedras y mucha imaginación.

Da miedo que desaparezcan las conversaciones interminables sentados en un bordillo o esas horas de aburrimiento que terminaban convirtiéndose en los mejores recuerdos del verano.

Pero nuestro papel no consiste en obligarlos a vivir como vivíamos nosotros.

No se trata de convertir 2026 en 1995. Se trata de ser un puente.

De enseñarles que existe vida más allá de las pantallas.

De recordarles que también hay felicidad en construir un castillo de arena, jugar a las canicas o pasar una tarde sin mirar un teléfono.

Cuando cambiamos de lado

Muchos de los que un día salimos disparados del colegio celebrando el inicio del verano somos ahora quienes firmamos autorizaciones, organizamos escuelas de verano y hacemos malabares imposibles para conciliar horarios.

Ya no medimos el tiempo en trimestres escolares.

Ahora lo hacemos en reuniones, objetivos, impuestos y agendas.

La libertad ya no dura noventa días.

Se administra en fines de semana y escapadas planeadas con meses de antelación.

Pero hay algo hermoso en observar a los niños salir de clase con esa felicidad imposible de disimular.

Porque nos recuerdan que nosotros también estuvimos ahí.

Que tuvimos veranos infinitos

Quizás hacerse mayor no consista en renunciar a aquellos veranos, sino en aprender a conservar una pequeña parte de ellos.

Por eso, este verano, aunque tengas que trabajar mañana, intenta rescatar algo de aquella versión de ti mismo.

Cómprate un helado que te manche las manos.

Da un paseo sin mirar el móvil.

Quédate viendo atardecer unos minutos más de la cuenta.

Alarga una conversación en una terraza hasta que refresque.

Haz algo inútil, improductivo y maravilloso.

Porque el colegio ha terminado para ellos.

Pero las ganas de aprovechar hasta el último minuto de luz siguen siendo nuestras.

Feliz verano.

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