Washington Irving habló ya de siniestras calabazas en su magistral relato de Sleepy Hollow en 1820, después la tradición se extendió y cuando llega el 31 de octubre, la noche en que se difuminan los límites entre el mundo de los vivos y de los muertos (la celebración final de la temporada de cosechas), las calabazas se convierten en protagonistas indiscutibles de las fiestas de Halloween. Representaciones con rostros inquietantes, sonrisas extrañas y luces parpadeantes que emanan de su interior crean el ambiente perfecto para estas fiestas, pero…¿de dónde viene esta costumbre? ¿Y en España es así?

El faro de Jack

Se trata de un mito del folclore celta que se ha mantenido hasta nuestros días. Y es que Jack ha pasado a la historia como el hombre que engañó al diablo y que quizá no midió las terribles consecuencias. Era avaro, tacaño, borracho, tramposo y muy astuto.

Son varias las versiones que se han dado sobre el encuentro de esta historia. Esta es la más habitual y conocida. Otros la sitúan en un camino o en un árbol del bosque pero siempre con igual suerte. Una noche Jack salió a beber con el mismísimo diablo y después de hacerlo sobradamente llegó la hora de pagar la cuenta y de entregarle su alma. Como no quería hacerlo, inventó una trampa. Pidió al diablo que se transformara en una moneda con la que pagar lo que quisiera pero que esta no se acabara jamás. El diablo accedió pero Jack le engañó guardando la moneda junto a una cruz de plata que impedía al diablo a volver a su forma original.

Después de usar en varias ocasiones la moneda maldita, y de haberse cumplido unos diez años de tregua, finalmente este le ofreció a Satán un trato. Si él le devolvía la moneda, este nunca se llevaría su alma al infierno. El diablo acepto el acuerdo.

Pero cuando Jack murió y como pecador que era, recibió la negativa de San Pedro para entrar en el cielo. Y cuando bajó a los infiernos como segunda opción, su viejo amigo, el diablo, hizo efectiva su promesa y no se llevó con él su alma. Así Jack se quedó condenado a vagar por el mundo por toda la eternidad. El diablo entonces le ofreció un ascua del infierno para que le iluminara en esta perpetua oscuridad. Jack se quemaba así que talló un nabo y colocó allí el ascua del infierno para que le iluminara. Una luz que le acompañó desde entonces. Así pasó a ser Jack el del farol…

La importancia de la luz

Con el tiempo y la tradición, se solían relatar historias donde las velas encendidas colocadas en las ventanas ayudaban a los perdidos como Jack a encontrar su camino. Pequeñas llamas eran lo que la tradición asignaba a los difuntos que según las leyendas intentaban que los caminantes se desviaran de su ruta para llegar a un destino fatal.

No se conoce el momento exacto en el cual las calabazas ocuparon el lugar como recipiente de la luz de los difuntos. Lo que si se sabe es que el siglo XIX los irlandeses llegaron en gran número a Estados Unidos. Con ellos llevaron sus tradiciones y quizá entonces se mezclaron con las míticas calabazas en excedente entonces y que eran, sin duda, más fáciles de vaciar y tallar.

También para evitar que espíritus malignos llegaran a las puertas de las casas, los celtas decidieron dejar comida en las puertas de las casas. Este es el origen del conocido como «truco o trato». Comida, sacrificios y luces se ofrecían de la mano de los druidas a estos espíritus. Los romanos dieron paso a la celebración del día de todos los santos.

En España, ¡castañas!

En España no son calabazas, si castañas. La tradición de asar castañas la Noche de todos los Santos viene de muy antiguo. Y es que se dice que las castañas representaban las ánimas del purgatorio. Con cada castaña, un alma se liberaba y acompañaba la fiesta. Aunque sobre este tema las leyendas son muchas.

Porque como ocurre con la calabaza, la castaña, en estas fechas parece adquirir poderes sobrenaturales para interactuar entre el mundo que vemos y el del más allá.

Una de las teorías sobre esta relación entre el culto a los antepasados y la castaña puede tener que ver con la aparente inmortalidad o vida eterna del castaño. Un tronco viejo y hueco que continúa dando frutos año tras año.

En la obra Antropoloxía de Galicia (2000) el profesor gallego Xosé Ramón Mariño explica que «fue costumbre en toda España y en Italia comer castañas cocidas y asadas en el cementerio y también en la casa».

Añade «en Portugal, a las doce de la noche, en referencia a la festividad de Todos los Santos, ponen una mesa con castañas para los muertos». Sin duda una mezcla perfecta de simbolismo popular.

Antes de que la patata y el maíz llegaran desde América y adquiriesen la relevancia que mantienen hoy en día, las castañas y bellotas eran parte fundamental de la alimentación de los pueblos antiguos y de la población campesina durante siglos.

Se solían consumir frescas, secas o molidas para hacer harina. Pero cuando se asaban adquirían este especial protagonismo.

Esta diferencia entre calabazas y castañas tiene que ver con el origen de ambas. España, desde tiempos del Imperio Romano, cuenta con una amplia presencia de castaños, entonces se fomentó su cultivo y su fruto fue el alimento base de la mayoría de la población durante siglos.