Foto: Cádiz CF
El Cádiz CF llegó a Burgos con el alma encogida y la mochila cargada de dudas. Cuatro derrotas consecutivas habían abierto una herida que dolía más por lo anímico que por lo estadístico. Hacía hacía falta recuperar la fe. Además, el escenario imponía respeto. En Liga, el Cádiz nunca ha logrado ganar en El Plantío. Sí lo hizo en Copa del Rey, pero la competición regular sigue siendo territorio indómito para los amarillos.
Enfrente esperaba el Burgos Club de Fútbol, dirigido por Luis Miguel Ramis. Para ello, Gaizka Garitano movió piezas y agitó el tablero. Apostó por el regreso de Jorge Moreno al eje de la zaga tras cumplir sanción. Además, dio entrada a Joaquín González y a Yussi Diarra. Con estos cambios, el técnico buscó frescura, carácter y un punto de rebeldía ofreciéndole minutos a futbolistas con un rol secundario en la presente campaña.
Y el plan funcionó de inmediato
En el minuto once, el Cádiz ejecutó una transición ofensiva de manual. Diakité encontró a García Pascual entre líneas. Acto seguido, el pase filtrado rompió la defensa local y dejó solo a Dawda Camara. El atacante controló con temple, definió con decisión y, aunque el balón tocó en un defensor, terminó dentro. Era el escenario soñado. El equipo necesitaba una señal y la encontró pronto.
Sin embargo, el fútbol rara vez concede treguas largas. Tras el gol, el partido giró. El Burgos dio un paso al frente y empujó con determinación. Especialmente por su banda derecha, donde Lizancos encontró espacio y castigó con profundidad. Poco a poco, el campo se inclinó y, además, futbolistas como Curro Sánchez, Iván Morante y David González comenzaron a aparecer con continuidad. Tocaron, aceleraron y rodearon el área gaditana. El Cádiz, entonces, reculó. Defendió como pudo a base de achicar balones, las paradas de Víctor Aznar y una pizca de suerte.
En el minuto 28 llegó el primer gran aviso. David González disparó con intención y el estadio ya cantaba el empate. Sin embargo, Jorge Moreno apareció bajo palos y salvó a los suyos con una intervención providencial. Poco después, Iván Morante rozó el gol con un cabezazo tras saque de esquina. El balón se estrelló en el larguero y el eco del golpe retumbó como un presagio. El empate era cuestión de tiempo. Y finalmente llegó.
David González hizo el 1-1
En el minuto 38, tras varios minutos de asedio constante, el Burgos encontró premio. Fer Niño peinó en el primer palo y, en el segundo, David González apareció libre para empujar el balón al fondo de la red. Con empate se llegaba al descanso.
Garitano movió ficha con decisión. Sabía exactamente dónde sufría su equipo y actuó sin titubeos. Retiró a Antoñito Cordero e introdujo a Pelayo Fernández. Además, modificó el dibujo: el Cádiz pasó a defensa de cinco, con Iza Carcelén y Mario Climent como carrileros.
El cambio tuvo un efecto inmediato. El equipo ganó solidez, cerró mejor los espacios y defendió con más orden. Aunque el Burgos siguió empujando, el Cádiz ya no concedió con la misma facilidad. En consecuencia, el partido entró en una fase más equilibrada, menos vertiginosa, más táctica.
Sin embargo, el momento clave llegó en el minuto 67. La colegiada Marta Daza señaló penalti por una acción de Jorge Moreno sobre Fer Niño. No obstante, tras la revisión en el VAR, la árbitra rectificó su decisión y anuló la pena máxima.
Acto seguido, Garitano volvió a intervenir desde el banquillo. Y esta vez su lectura resultó determinante. La entrada de Alfredo Caicedo y Sergio Ortuño reforzó el centro del campo. El Cádiz ganó consistencia, sostuvo mejor el balón y encontró algo que hasta entonces le faltaba como era el oxígeno.
En el minuto 74, Yussi Diarra probó fortuna desde lejos y obligó a intervenir a Ander Cantero. No fue una ocasión clarísima, pero sí un mensaje. El Cádiz no solo quería resistir; también quería competir. Poco a poco, el equipo empezó a creérselo.
Un final de infarto que sabe a vida
El tramo final se jugó con el corazón en la mano. Cada balón dividido pesaba más y ambos equipos entendieron que un detalle podía decidirlo todo.
Sin embargo, la ocasión más clara llegó en el descuento y cayó del lado local. Un balón largo fue peinado por Fer Niño y Galdames se preparaba para definir. Entonces, cuando todo parecía perdido, apareció Alfred Caicedo. El ecuatoriano irrumpió con firmeza y desbarató la acción con una intervención providencial. Fue un gesto de fe. Fue un punto salvado.
Esa acción cerró el partido. El empate no rompe la maldición liguera en El Plantío. No cambia la historia de golpe. Pero sí corta la sangría de derrotas. Y, sobre todo, devuelve algo esencial como es la confianza.




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