Hay despedidas que, en lugar de doler, iluminan.
Y quizá por eso las de Joaquín Sabina nunca saben del todo a adiós.
Sabina ha dado su último concierto. Y, aun así, aquí seguimos… con su voz habitando rincones que no sabíamos que estaban vacíos.
Porque hay artistas que te acompañan —a veces sin que ellos lo sepan— durante años, heridas, abrazos, pérdidas, comienzos.
Y Sabina… bueno, Sabina es uno de esos que se quedan.
Yo he tenido la suerte de verlo y escucharlo en directo dos veces.
Una en la Maestranza de Sevilla.
Qué noche.
El aire templado, las luces doradas, y ese silencio que se hace grande justo antes de que salga él.
Y cuando apareció… Era como si todo el mundo respirara al mismo tiempo.
Sonó “Peces de ciudad”, creo, y de pronto la vida parecía encajar un poquito mejor.
La otra fue en Málaga, en el Martín Carpena.
Otro escenario, otra ciudad, otro yo.
Y vaya conciertos.
Vaya forma de llenar un pabellón con historias que todos hemos vivido —aunque nunca las hayamos sabido contar como él—.
Había algo en su voz, en su forma de mirar desde detrás del sombrero, que hacía que cualquiera sintiera que la canción estaba escrita para él.
Para ella.
Para mí.
Y es que las despedidas no son amargas cuando las canta Joaquín Sabina.
Hay ternura en su melancolía.
Hay luz en sus sombras.
Es capaz de hacer que un final parezca un brindis, que un adiós tenga olor a última copa compartida, que la nostalgia no sea una losa… sino un sitio donde sentarse y recordar lo que dolió y lo que salvó.
Porque cuando él canta:
“Que ser valiente no salga tan caro…”
una parte de ti se alinea con el mundo.
Y cuando confiesa un
“Y nos dieron las diez”,
te transporta a esa noche en la que fuiste feliz sin darte cuenta.
Y cuando susurra
“Y sin embargo… te quiero”,
te acuerdas de todas esas veces que también tú quisiste a destiempo, o a destrozos, o a corazón abierto.
Su último concierto marca el fin de una era, sí.
Pero Sabina se queda.
En la Maestranza.
En el Carpena.
En cada casa donde una canción suya cura algo que nadie sabe que duele.
En cada vida que él tocó sin tocar.
En la mía, desde luego.
Gracias por tanto, maestro.
Por las noches, por los versos, por la verdad.
Por enseñarnos que hay despedidas que, cantadas por ti, no cierran… sino que siguen abriendo caminos.


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